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El estrés es una señal de alarma del cuerpo. No está para ignorarlo. Cuando se vuelve constante, altera el ritmo del corazón, afecta la digestión, debilita el sistema inmune y altera el sueño. La mente se acelera y es difícil desconectarse incluso cuando cerramos los ojos.
Además, el estrés impacta directamente la piel. Se vuelve más sensible, aparecen brotes, la luminosidad disminuye y la sensación de tensión se vuelve constante. No solo se siente por dentro. También se nota por fuera.
Reconocer las señales es clave:
• Duermes con interrupciones o te cuesta quedarte dormida
• Sientes presión en el pecho o en la mandíbula
• Te irritas con facilidad
• La piel se inflama o pierde brillo
• Te cuesta disfrutar o concentrarte
Para romper el ciclo, necesitas darle a tu cuerpo herramientas para bajar revoluciones. La relajación nocturna logra esto a través de los sentidos: aromas suaves, telas que no irritan, un ambiente cálido y seguro. Pequeños rituales marcan el final del día y le enseñan al cuerpo que ya puede soltar.
Puedes probar:
• Velas aromáticas que inviten a la calma
• Un baño tibio o ducha relajante
• Música suave o sonidos de naturaleza
• Un antifaz, almohada fresca y pijama reconfortante
